El sonado caso de un supuesto dopaje institucionalizado en Rusia llegará a su fin el martes cuando el Comité Olímpico Internacional decida la participación o no de los deportistas rusos en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno en Pyeongchang, Corea del Sur. Tras organizar la edición olímpica más cara de la historia en Sochi y finalizar en el primer puesto en la tabla de medallas hasta antes de la investigación, un resultado adverso para la parte rusa supondría un fuerte revés, una suerte de humillación, como calificó el presidente ruso, Vladimir Putin, a una posible exclusión en momentos en que el país se prepara para albergar el torneo más popular del fútbol mundial. Desde que salió a la luz el informe McLaren en 2016, encargado por la Agencia Mundial Antidopaje, que daba cuenta de todo un sistema de dopaje en el deporte nacional, el país perdió un tercio de sus preseas, 11 de 33, y cuatro títulos. Rusia ha negado los hechos y sus servicios acusan al exdirector del laboratorio antidopaje de Moscú, Grigori Rodchenkov, por haber dado sustancias prohibidas a los atletas sin su conocimiento.

No obstante, algunos analistas afirman que fuera del impacto deportivo, una ausencia rusa en la contienda olímpica reforzaría la retórica antioccidental del Kremlin.

Es así que el viernes, el vice primer ministro ruso, Vitali Mutko, indicó que las imputaciones estaban dirigidas a meter al país en un llamado "eje del mal" y convertirlo en "una especie de monstruo". En noviembre, Putin declaró que todo fue planeado por Washington para sabotear los comicios presidenciales rusos en marzo de 2018. En ese sentido varios medios televisivos públicos han manifestado que no transmitirán los Juegos si no hay una participación rusa. Y es que, al parecer, el interés por el Mundial de fútbol, del 14 de junio al 15 de julio de 2018, es mucho más grande.

"Nuestro país espera con impaciencia el campeonato", afirmó Putin el viernes durante la ceremonia de sorteo celebrada en el Kremlin.