La pandemia del nuevo coronavirus se ha cobrado hasta el momento más de 150.000 vidas en Estados Unidos, superando ampliamente el número de unos 103.000 soldados muertos en 27 guerras y conflictos en el extranjero en los últimos 70 años.

Parece que Estados Unidos, a pesar de presumir de las instalaciones y tecnologías médicas más avanzadas del mundo, se ha visto envuelto en un ciclo cada vez más mortal en la pandemia de COVID-19.

Quienes sigan a los medios de comunicación de EEUU descubrirán que las conferencias de prensa sobre el coronavirus de la Casa Blanca, suspendidas durante mucho tiempo, han vuelto a la vida, y podrán también notar que la Casa Blanca ha adoptado un tono más serio y científico, calificando el uso de mascarillas como "patriótico".

Sin embargo, se sorprenderán al ver que esos mismos políticos han vuelto rápidamente a pintar un mundo de color de rosa en el que el virus estará contenido "muy pronto", promoviendo terapias contra la COVID-19 no probadas y engañosas, e instando a los estados a reabrir en medio de una situación en la que los casos siguen creciendo.

En los primeros días del brote en Estados Unidos, la Casa Blanca trató de minimizar la amenaza del virus. Cuando la pandemia se volvió demasiado obvia para poder seguir encubriéndola, la Administración tuvo que tomar medidas.

Sin embargo, altos funcionarios de la misma Administración posteriormente se dedicaron a difundir información errónea, presentar acusaciones despreciables y presionar a los gobernadores y alcaldes a levantar las medidas de control a pesar de las reiteradas advertencias de los científicos.

Aunque la retórica oficial de Washington ha oscilado de un lado a otro a lo largo de los meses, su actitud real hacia el patógeno y la forma en la que trata de gestionar el contagio no han cambiado. Su arrogancia, desprecio por la ciencia y su falta de responsabilidad niegan persistentemente a Estados Unidos una victoria sobre la enfermedad.

Buscando ser reelegida en las próximas elecciones de noviembre, la actual Administración de Estados Unidos no quiere tomar medidas duras para controlar la pandemia para no reducir el desempeño económico del país, dañando sus posibilidades de ganar.

Es por esto que los formuladores de políticas en la Casa Blanca no están tomando más que medidas poco entusiastas, promocionando la ilusionada esperanza de que el virus se desvanecerá mágicamente y empujando a los estados y ciudades a reabrir escuelas y negocios.

Mientras tanto, siendo plenamente conscientes de la ira y la angustia del público estadounidense, los políticos de la Casa Blanca han optado por hacer un chivo expiatorio de China, la Organización Mundial de la Salud y sus rivales políticos nacionales, y desviar la atención del público sobre su respuesta fallida a la pandemia con su inventada "amenaza de China".

Afortunadamente, tales intrigas deplorables no engañan a nadie fácilmente. Según una nueva encuesta realizada conjuntamente por Associated Press y el Centro NORC para la Investigación de Asuntos Públicos de la Universidad de Chicago, el índice de aprobación actual de la Administración estadounidense ante su respuesta contra la pandemia se redujo a un mínimo histórico del 32 por ciento, mientras que una sorprendente mayoría del 80 por ciento dijo que el país "se dirige en la dirección equivocada".

Cuando los líderes fallan, las personas sufren. Solo si Washington comienza a poner la vida y la salud de las personas por delante de todo lo demás, los estadounidenses podrán ver una luz de esperanza. De lo contrario, este coronavirus mortal continuará fuera de control y reclamará aún más almas.