María Amparo restriega una blusa enjabonada en el suelo, bajo el quemante sol, mientras dice que el resorte para seguir atravesando México es que sus cuatro pequeños hijos tengan una mejor vida.

Hace ya 25 días que salió de su natal Honduras en la caravana migrante y todavía está a mitad de camino para llegar a la frontera mexicana con Estados Unidos, país donde quiere trabajar en lo que sea para ahorrar y comprar una casa.

"Caminaré la otra mitad con la fuerza que Dios me dé, con seguridad y con mi sueño", adelanta la madre soltera de 32 años.

Talla su ropa en la pista de atletismo del estadio que la Ciudad de México habilitó como albergue para los miles de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños que recorren el país, luego de entrar por el río de la frontera con Guatemala.

Junto a María Amparo está su hija mayor, Nancy, de 11 años, la única que la acompaña en el periplo porque a los otros tres hijos los dejó encargados con su madre en Ocotepeque, la occidental ciudad hondureña donde vivía.

Dice que trabajaba como oficinista en un hospital pero que las 7.000 lempiras (292 dólares) que ganaba no le alcanzaban para mantener a sus hijos y pagar los recibos.

"Me hipotecaron todo, mis hijos ni dónde dormir", cuenta.

En cuanto escuchó que una caravana saldría el 13 de octubre de la hondureña San Pedro Sula rumbo a Estados Unidos cogió de la mano a su hija, las 1.000 lempiras (42 dólares) que tenía y se unió, aprovechando que cuatro primos harían lo mismo.

A 2.800 kilómetros de distancia de la frontera con Estados Unidos a donde llegaría la caravana, María Amparo relata que las dos han andado a pie tramos de hasta ocho horas y que las preocupaciones ocupan su mente porque teme por su hija o no volver a estar con los otros tres.

También está la incertidumbre, porque llevan 25 noches durmiendo en el suelo y comiendo poco, pero no sabe cuántas más faltarán o si Estados Unidos las dejará entrar.

"Si sólo me dieran un permiso, lo que decidan, con tal de construir yo una casita aunque sea no grande para poder llevar a mis hijos a un lugar seguro. Quiero regresar a mi país después de un tiempo", plantea.

Alrededor de María Amparo, miles de adultos y niños descansan debajo de enormes carpas en la cancha del estadio, juegan al futbol en la pista donde mujeres lavan, sacan agua de contenedores para ducharse o se recuestan bajo la sombra de las gradas techadas.

La multitudinaria caravana llegó a cuenta gotas desde el domingo pasado a la capital y para hoy ya había 7.000 migrantes en el albergue, dijo en entrevista radiofónica el alcalde de Iztacalco, Armando Quintero, el área de la ciudad donde se ubica el estadio.

Entraron a la ciudad arriba de vehículos pesados o en autobuses que los llevaron desde los estados de Puebla (centro) y Veracruz (este), tras pasar por ciudades de esas entidades después de recorrer el sur del país.

A María Amparo y su hija un autobús las dejó en la terminal del este de la capital y abordaron el Metro para llegar al albergue. El alto número de migrantes supuso un desafío para las autoridades.

Empleados levantaban esta martes más carpas y otras alcaldías están enviando alimentos junto con el gobierno de la ciudad para atender a la gente en el estadio, que forma parte del complejo deportivo Magdalena Mixhuca donde está el autódromo y un foro para conciertos.

"Estamos preocupados porque siguen llegando personas y no tenemos claridad de cuál sea la ruta, el rumbo que vaya a tomar la caravana", apuntó el alcalde de Iztacalco.

Varios migrantes coincidieron en que la caravana se enfilará hacia la ciudad de Tijuana, en el extremo noroeste de México y fronteriza con California, aunque está a 2.800 kilómetros de la capital y el trayecto implica atravesar por desierto y montañas.

Otras ciudades fronterizas en el este del país están a menos de la mitad de distancia, pero dicen que temen pasar por allí porque hay organizaciones criminales que antes han raptado o matado migrantes.

La directora de la organización civil Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi), Gretchen Kuhner, dijo a Xinhua que en la capital confluyeron la primera caravana que salió de Honduras con grupos de una segunda que entró al país después, más otros migrantes que se han unido en el camino.

Experta del fenómeno de la migración en tránsito por México, Kuhner y su equipo instalaron una mesa en el albergue para informar a los migrantes en torno al trámite que implica pedir asilo en Estados Unidos.

"Hay mucha gente que no conoce qué es el asilo en Estados Unidos, para ellos asilo es 'me van a recibir porque necesito trabajar porque mi esposa tiene cáncer y le tengo que mandar dinero'", expuso.

La especialista agregó: "Nos preocupa mucho que la gente por lo menos tenga la información sobre qué es el asilo, qué esperar en la frontera, que probablemente van a estar detenidos y podrían estar detenidos por mucho tiempo."

María Amparo coincide en que cientos de los migrantes que hoy están en la ciudad no salieron junto con ella de Honduras, cuando la caravana era de menos de 1.000 personas.

Muchos se unieron en su paso por Guatemala y el sur de México, al igual que decenas de los hondureños que la integraban en un inicio la abandonaron por cansancio o porque sus hijos se enfermaron, explica.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha insistido que no permitirá la entrada de la caravana y la ha exhortado que dé la media vuelta, al tiempo que su gobierno movilizó a soldados a la frontera con México.

La madre soltera asegura que prefiere no escuchar noticias sobre las declaraciones de Trump porque se empeña en su sueño de llegar hasta Maryland, donde tiene familiares, para trabajar por un mejor futuro.

"Como madre, como hondureña, como migrante, como mujer, duele escuchar cosas negativas. No quiero hacerme esa idea porque mi sueño es otro, no quiero perder esa visión", dice.